La ducha es uno de los pocos remansos de paz que llevan perdurando en mi vida desde hace ya años. Hay cierta sensación de desconexión cuando te metes debajo de ese chorro, que en invierno va tan caliente que podrías cocinar langostas, y en verano tan frío que rozas la hipotermia, y te metes en tu mundo interior a reflexionar lo que te depara el día, posiblemente maldades detrás de cada esquina, pero esas esquinas quedan lejos: nada entra en la ducha.

Esa sensación de tranquilidad cuando creas tanto vapor de agua que parece una selva amazónica, te abres esos geles y champús que huelen de tal forma que quieres comerte los botes (no lo hagáis, en realidad saben a rayos) y no hay más gente ni ruidos que perturben tus pensamientos. El gran momento artístico de la vida, la enorme cantidad de debates ya perdidos que consigo ganar dentro de mi cabeza. Y cuando encima puedes ponerte música a todo volumen como acompañamiento, ahí ya cúspide del alma (o lo que quede de ella). Y todavía alguno del piso aun me pregunta si no estoy demasiado en la ducha, joder, la auténtica pregunta es como logro reunir fuerza de voluntad para salir de ella, y no quedarme dentro y montar mi propia civilización con los productos de dentro como mis súbditos; una civilización efímera, sí, pero feliz.

En ocasiones incluso este oasis es perturbado por fuerzas ajenas a mi persona. Otro habitante del piso decide, para mi desgracia, que de 24 horas que tiene el día, justo cuando yo estoy duchándome es el momento para usar la otra ducha. Como el agua debe repartirse al estilo comunismo, automáticamente en mi ducha la temperatura baja unos cuantos cientos de grados, lo que se sabe en toda la casa porque se escucha un grito surgiendo del baño tipo “¡me cago en mi puta estampa!”, “¡la madre que me pario!” o, si me ha pillado completamente por sorpresa, “¡AAAARGGGH!”. El único punto positivo es que ya tengo pillado el mecanismo, la alcachofa (nunca entendí ese nombre, cosas del idioma) tiembla cuando va a hacer el cambio de temperatura; es como un calambre que recorre el extremo un segundo antes de escupirte hielo al cuerpo y que te dé a ti el calambre, cual serpiente de cascabel concediéndote un mínimo margen para que huyas, así que rápidamente la apartas del cuerpo y apuntas a la mano, para comprobar si ha sido una falsa alarma o iba en serio. Y si fue en serio, disfruta los próximos minutos peleando contra el otro habitante por ver quien tiene la dominancia sobre el calor. Hasta los oasis se pueden secar.

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Categorías: Texto

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