– “¿Os imagináis que dentro de cinco años sigamos igual?

Me lo quedo mirando en silencio. Algo en su tono de voz me indica que no es un comentario aleatorio porque sea la mañana de Año Nuevo y estemos tres borrachos solteros sosteniendo paredes en un pub de cuyo nombre no quiero, ni podría aunque hiciera falta, acordarme. Por si acaso mi amigo no hubiera sido suficiente terrorífico, decide añadir una nota adicional señalando un grupo de cuarentones/cincuentones que entran en manada con cierto aire de desesperación:

– “Nosotros podríamos ser ellos en un tiempo”.

Y, omitiendo el hecho de que al menos yo envejezco un año por cada año que pasa, y no diez, así que me queda un camino aun largo para alcanzar esa edad (pardiez, que quizás ni la alcance), entiendo cuál es su punto.

Esta Navidad he encontrado y oído sobre bastante gente de mis tiempos antiguos, y por lo visto estamos llegando ese punto de inflexión donde muchos desarrollan esa terrible tradición de estar manteniendo las relaciones de pareja, vivir con ellas, casarse, tener hijos y similares costumbres. Y nosotros estamos igual que hace cinco años, por lo que dentro de otros cinco podrían no haber cambiado las cosas, e incluso se podría repetir la fatídica pregunta “¿Os imagináis…?

Si. Me lo imagino. Me imagino tanto la posibilidad de que todo siga igual, como la de que haya cambiado de la misma forma que les ha cambiado a otros, y francamente, no podría decir cuál de las dos me deja más nervioso. El tercero del grupo no responde nada, creo que fue lo bastante afortunado para estar en modo desconectado en el momento de la pregunta y habérsela perdido, así que me toca a mí quedarme mascullando las opciones y divagando. Joder, esa no es una pregunta para Nochevieja. Preguntas que te van a traer los Reyes, si alguien va a querer otra copa, si tu ex se habrá muerto ya (no, pero soy paciente) o cuanto condenado frio vas a pasar de vuelta a casa, aunque al menos no está lloviendo. Chorradas irrelevantes. Conversación de alcohólicos. Y nada. Alguien repentinamente decide tener un momento de introspección y compartirlo con el resto. ¿Me dedico yo a asustarle con mis demonios internos? ¿Qué será lo siguiente, hablamos de la muerte y el fin de la existencia en la entropía?

Que ganas de joder la marrana. Que don de la oportunidad. Bebo un trago de la cerveza (la gente, principal razón para beber desde que existe la capacidad de comunicarse) y finalmente replico:

– “Ni de coña. Yo nunca saldría sin traje, mira que pintas llevan”.

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Categorías: Texto

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