¿Qué esperabais, diez también? ¿Por qué clase de blog alegre y optimista me habéis tomado? Y menos mal que soy capaz de encontrar ocho, porque soy capaz, si he podido colarme en el cumpleaños de alguien sin recordar su nombre, puedo hacer esto también.

            Los perros. No “acariciar perros” o “tener un perro”, no. Los perros. Su mera existencia.

            Volver del gimnasio.Carlos, ¿no querrás decir ir al gimnasio?” No, claro que no. No me gusta ir al gimnasio y me da pereza estar en el gimnasio, ¿pero volver? Esa es la parte buena. Eres libre. Has cumplido, tienes la conciencia tranquila, el tramite está terminado, huye, huye y no mires atrás. Huye lentamente, porque hasta el alma tienes cansada.

            Las aceitunas. Son un vicio y no sé por qué. Hasta me gustan las aceitunas rellenas de anchoa, y ODIO las anchoas solas. Y luego abro la nevera y me paso diez minutos comiendo aceitunas mirando el vacío como si mi vida dependiera de ello.

            Despertar y no tener que levantarme aún. Ese momento en el que miras el reloj, rezando (los agnósticos podemos rezar, los ateos no deberíais), y ves que te queda aun una hora para que suene el despertador, y vuelves a girarte en la cama gruñendo satisfecho. Y la sensación aumenta todavía mas si oyes a alguien del piso que esta ya levantado mientras tú duermes, y ríes maliciosamente en bajo.

            Encontrar la temperatura correcta de la ducha. Un milímetro en exceso hacia la izquierda o la derecha (igual que en política), y puedes derretir tu piel o congelarla. Y entonces encuentras ESE punto, el perfecto, la temperatura que sincroniza el agua con tu ritmo biológico, y podrías pasarte horas debajo del chorro de agua, siendo uno con el Universo.

            Levantarte sin resaca. No digo de normal, no he caído en ese pozo de depresión para tener que bajarme media botella de alcohol para irme a dormir, digo esas veces que eres plenamente consciente de que te has pasado bebiendo. Cuando el día anterior has pensado “Joer, yo creo que una copa más me sobra”, así que en su lugar te tomas dos y una cerveza de regalo, mientras sonríes dando por hecho que en unas horas vas a tener que pagar unos caros intereses. Y entonces es la mañana siguiente, despiertas, abres los ojos sudando de pánico (“Tengo la boca como si hubiera estado lamiendo suelas de zapato, seguro que no soy capaz ni de dar vueltas en la cama, ¿Cuántas horas va a durarme esta vez el infierno?”) y… nada. Te levantas. Bizqueas sorprendido. Haces comprobación de rutina: estás operativo. Con normalidad. Como si hubieras estado bebiendo zumos de fruta en lugar de suficiente etanol para desinfectar un matadero. Y bajas la cabeza, agradecido, porque algún Dios decidió ser magnánimo contigo para variar. A los agnósticos nos cubren a veces los Dioses, a los ateos no os deberían.

            Videos de cangrejos ermitaños cambiando la concha. Si nunca lo habéis visto, tenéis que verlo, son graciosísimos. Se ponen en fila, de mas grande a mas pequeño, y se dedican a esperar a que el de delante deje la suya libre para ir probándolas. Y luego los condenados, que rápido hacen el traslado, sacan culo, meten culo, en segundos. Si es que dan ganas de tener un acuario lleno de ellos.

            Maldecir. Hay una sensación de liberación cuando se grita a los cuatro vientos. Te quita estrés, das a entender tu malestar, a veces enseñas palabras nuevas a niños cercanos… yo no podría imaginarme que me sucedería una desgracia y ser incapaz de injuriar y blasfemar, soltar un “Me cago en mi estampa”, “Maldita mi sombra”, “Demonios” y oye, no cambia nada, ¿pero y lo simpático que resulta?

Pues ahí van ocho. Y ninguna sobre el sexo. El sexo esta sobrevalorado. Que si, que lo pintan muy bien, que a nadie le amarga un dulce, pero el sexo es efímero, vencer al Caballero de Humo del Dark Souls II es eterno.

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